La obligación de no ser los últimos: una reflexión sobre la justicia hacia quienes aún no nacen.

La obligación de no ser los últimos: una reflexión sobre la justicia hacia quienes aún no nacen. Rafael Ramírez.

Hay preguntas que no se pueden responder con estadísticas ni con leyes, sino con una especie de temblor íntimo, como si al formularlas estuviéramos tocando una fibra moral de la que no éramos conscientes. Una de ellas es esta: ¿qué justicia debemos a quienes aún no nacen?. No es una pregunta abstracta; es una pregunta que, si se escucha bien, nos coloca frente al espejo.

A menudo pienso que el tiempo es un territorio que habitamos con una mezcla de soberbia y desidia. Caminamos por él como quien atraviesa un bosque sin preguntarse quién lo plantó ni quién lo necesitará después. Y, sin embargo, cada uno de nuestros gestos —cada decisión política, cada consumo, cada renuncia— es una carta que enviamos al futuro, aunque nunca veamos al destinatario abrirla.

La justicia intergeneracional, dicho así, suena a concepto académico. Pero, en realidad, es algo más sencillo y más incómodo: es la obligación de no comportarnos como si fuéramos los últimos habitantes del mundo. Es la conciencia de que nuestra vida no es una propiedad privada, sino un eslabón. Y romper ese eslabón, ya sea por negligencia o por egoísmo, es una forma de injusticia tan grave como las que sí sabemos nombrar.

A veces me sorprendo imaginando a quienes vendrán después, no como abstracciones, sino como personas concretas con sus miedos, sus rutinas y sus pequeñas alegrías. Pienso en ellos respirando el aire que habremos dejado, caminando por las ciudades que habremos diseñado y heredando las instituciones que habremos cuidado o deteriorado. Y entonces la pregunta se vuelve más punzante: ¿qué derecho tenemos a hipotecar su mundo para mejorar el nuestro?.

La respuesta, si somos sinceros, es que no lo tenemos. O no deberíamos tenerlo. Sin embargo, actuamos como si lo tuviéramos: como si el futuro fuera una especie de vertedero moral donde podamos desechar los costes de nuestras comodidades. El clima, la deuda pública, la erosión democrática, la desigualdad acumulada… Todo eso son formas de trasladar hacia adelante lo que no queremos afrontar ahora. Es una especie de truco contable con la vida de otros.

Quizá la justicia hacia quienes aún no han nacido empieza por un gesto de humildad: aceptar que no somos los protagonistas del tiempo, sino sus custodios. Nuestra tarea no es exprimir el presente, sino entregarlo en condiciones razonables. Y que este deber no es romántico ni utópico, sino profundamente práctico. Porque el futuro, aunque no tenga rostro, sí tiene derechos.

Hay días en los que me pregunto si seremos recordados como una generación que supo mirar más allá de sí misma o como una que vivió de espaldas al mañana. No lo sé. Pero sí sé que la justicia intergeneracional no es un concepto para expertos, sino una forma de ternura hacia desconocidos. Una manera de decirles: no os conocemos, pero ya os debemos algo.

Y quizá ese reconocimiento, tan simple y frágil, sea el primer paso para empezar a comportarnos como si el futuro importara de verdad.

Rafael Ramírez©2026.


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