Reflexiones: Entre la luz y la niebla: los miedos que eligen por nosotros.

Reflexiones: Entre la luz y la niebla: los miedos que eligen por nosotros. Blog de Rafael Ramírez.

Hay miedos que uno lleva como quien guarda una piedra en el bolsillo: no siempre pesan, pero están ahí, recordándote su forma. A veces, al buscar otra cosa, los rozas sin querer y descubres que sigues cargando con ellos, aunque juraras haberlos dejado atrás. Pero no todos los miedos son enemigos. Algunos actúan como perros guardianes: gruñen, te frenan y te obligan a mirar dos veces antes de cruzar la calle. Otros, en cambio, son jaulas disfrazadas de prudencia.

Pienso a menudo en ese miedo que me ha protegido. No es un miedo heroico ni cinematográfico, sino un instinto silencioso, casi doméstico. El miedo a perderme. El miedo a tomar un camino que me aleje demasiado de lo que soy, de lo que quiero seguir siendo. Ese miedo me ha salvado de entusiasmos que brillaban mucho pero prometían poco; de decisiones que olían a impostura; de personas que hablaban demasiado alto para ocultar su propio vacío. Me ha enseñado a detenerme, a escucharme, a no correr detrás de cada oportunidad como si fuera la última. A veces, gracias a él, he elegido quedarme, y quedarme ha sido la forma más honesta de avanzar.

Pero también está el otro miedo, el que no protege sino que encoge. Ese que se disfraza de sensatez, de “mejor no arriesgarse”, de “ya habrá tiempo”. Quizá es el miedo a fallar. O a desentonar. O tal vez es el miedo a no confiar en mis capacidades, a que los demás piensen que no soy tan capaz como creo. Durante mucho tiempo este miedo me pudo: me hizo decir «no» cuando quería decir «sí», me hizo esperar cuando debía actuar y me hizo elegir lo seguro cuando lo vivo estaba un poco más lejos. No ruge, susurra. «¿Y si no sale bien?». Y uno, que a veces escucha demasiado, se queda quieto para no equivocarse, sin darse cuenta de que también se equivoca quedándose quieto.

Hasta que un día aprendí a no hacerle caso. No porque desapareciera, sino porque entendí que con ese miedo no se avanza. Que si lo escuchaba, mi vida se quedaría siempre a medio gesto. Y así, casi sin darme cuenta, las grandes decisiones de mi vida nacieron de haberlo desobedecido: de haber arriesgado cuando todo en mí pedía refugio, de haber dado el paso aunque estuviera temblando. Descubrí que ignorarlo no me hacía imprudente, sino libre. Y desde entonces, aunque siga susurrando, ya no tomo decisiones basadas en él.

Lo curioso es que ambos miedos coexisten, como dos voces discutiendo en la misma habitación. Uno me protege y el otro me limita. Y distinguirlos no siempre es fácil. A veces, el miedo que protege se vuelve excesivo y se convierte en freno; otras, el que paraliza se disfraza de intuición y parece sabio. Durante años me confundieron, porque yo escuchaba más al miedo que encoge que al que orienta. Pero desde aquel momento en que entendí que avanzar exige arriesgar, empecé también a reconocer sus matices. Supongo que la valentía no consiste en silenciar los miedos, sino en aprender a identificar cuál se manifiesta en cada momento.

Hay días en los que me pregunto qué habría pasado si hubiera escuchado menos al miedo que paraliza y más al que guía. O si simplemente hubiera aceptado antes que equivocarse también es una forma de avanzar. Pero no me castigo por ello. Incluso esos tropiezos forman parte del camino que me llevó a desobedecerlo. Los miedos también cuentan nuestra historia: dónde hemos sufrido, dónde hemos sido felices, qué hemos perdido y qué no queremos volver a perder. Y, quizá por eso, aunque sigan ahí, ya no deciden por mí. Ahora soy yo quien elige cuándo protegerme y cuándo saltar.

Quizá la pregunta que queda en el aire es esta: ¿qué miedo, de los que aún guardo en el bolsillo, sigue siendo útil y cuál ya no me pertenece? Ahora sé que no todos merecen el mismo espacio. Algunos siguen ahí para recordarme que soy humano, que hay cosas que valoro y no quiero perder. Otros, en cambio, solo ocupan sitio, como piedras que un día tuvieron sentido y hoy ya no pesan más que por costumbre.

Y tal vez ese sea el verdadero trabajo: revisar de vez en cuando ese bolsillo invisible, reconocer qué miedos aún me cuidan y cuáles solo repiten historias antiguas. Elegir cuáles escuchar y cuáles dejar ir. Porque, si algo he aprendido, es que avanzar no consiste en no sentir miedo, sino en no permitir que los miedos del pasado decidan el camino de la vida que sigo construyendo.

Rafael Ramírez©2026.


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