Irma la dulce: la farsa elegante que solo Wilder podía firmar.

Irma la dulce: la farsa elegante que solo Wilder podía firmar. Blog de Rafael Ramírez.

Hoy os hablo de Irma la dulce. Es una de esas películas que, vistas hoy en día, funcionan como cápsulas del tiempo de un Hollywood que ya no existe: exuberante, teatral, enamorado de sus propias estrellas y dispuesto a estirar una anécdota hasta convertirla en un espectáculo de más de dos horas sin perder la sonrisa. Dirigida por Billy Wilder en 1963, la cinta vuelve a reunir a Jack Lemmon y Shirley MacLaine, una pareja que el propio Wilder había convertido en oro un par de años antes con El apartamento. Sin embargo, el tono es completamente distinto: si aquella era amarga y elegante, Irma la dulce es un carnaval de colores, ritmos y enredos que se mueve entre la comedia romántica, la farsa y un retrato muy estilizado del mundo de la prostitución parisina.

Lo primero que llama la atención es la estética. Wilder rueda en estudio y recrea un París que no pretende engañar a nadie, es un París de cartón piedra, luminoso, casi de cómic, donde los personajes se mueven como si estuvieran en una opereta. Ese artificio, lejos de restar, le confiere a la película un encanto particular. La historia —un policía ingenuo que se enamora de una prostituta y termina inventándose un cliente ficticio para pasar más tiempo con ella— es tan improbable que solo puede funcionar en un escenario así, donde se suspende la lógica y lo que importa es el juego.

Shirley MacLaine, en el papel de Irma, es el corazón de la película. Tiene una mezcla irresistible de picardía y vulnerabilidad, y Wilder la filma con un cariño evidente. Su personaje podría haber caído en el cliché, pero MacLaine lo llena de matices: Irma es independiente, divertida y dueña de sí misma, y al mismo tiempo es capaz de mostrar una ternura que desarma. Jack Lemmon, por su parte, despliega su habitual talento para el caos controlado. Su Néstor Patou es un torbellino de torpezas, celos y buenas intenciones que Lemmon convierte en pura comedia física sin perder humanidad.

La película, eso sí, no es perfecta. Su duración se hace larga, especialmente en el tramo central, donde la trama del «cliente misterioso» se alarga más de la cuenta. Además, su mirada sobre la prostitución es, por supuesto, hija de su tiempo: amable, edulcorada, casi naïf. Pero exigirle realismo a Irma la dulce sería como exigirle gravedad a un globo de feria. Wilder no pretende denunciar nada, sino divertir, seducir y jugar con sus personajes como si fueran piezas de un mecanismo cómico muy bien engrasado.

Lo curioso es que, pese a su ligereza, la película deja un poso cálido. Hay algo profundamente humano en la manera en que Wilder observa a sus criaturas, incluso cuando las somete a situaciones absurdas. Y, aunque Irma la dulce no alcanza la sofisticación de sus mejores obras, tiene una vitalidad contagiosa y una alegría casi artesanal que hoy resulta refrescante.

Es una película que se disfruta más dejándose llevar, sin pedirle más de lo que ofrece: un romance improbable, un humor que mezcla lo inocente con lo pícaro, dos actores en estado de gracia y un director que, incluso en sus momentos más frívolos, demuestra un dominio absoluto del ritmo y la puesta en escena. Una gran comedia, expansiva, que no teme ser excesiva porque sabe que su encanto radica precisamente en eso.

Cartel de "Irma la dulce" (1963). Película recomendada. Blog de Rafael Ramírez.
Cartel de «Irma la dulce» (1963). Película recomendada. Blog de Rafael Ramírez.

Detrás de «Irma la dulce».

La historia que hay detrás de Irma la dulce es casi tan jugosa como la propia película, ya que refleja un momento muy particular en la carrera de Billy Wilder y en su relación creativa con Jack Lemmon y Shirley MacLaine. Se trata de una producción que nace de una mezcla de ambición, oportunismo y puro instinto teatral.

Para empezar, la película es una adaptación de un musical francés de enorme éxito en los años cincuenta. Wilder, que siempre tuvo un olfato especial para detectar material adaptable, vio en aquella obra una oportunidad para volver a reunir a Lemmon y MacLaine después del éxito de El apartamento. Lo curioso es que, aunque la obra original era un musical, Wilder decidió eliminar por completo las canciones. No porque no le gustaran, sino porque no quería que la película se percibiera como un musical tradicional. Prefirió apoyarse en el ritmo cómico, en la química de sus actores y en ese París de estudio que podía controlar hasta el último detalle.

El rodaje, sin embargo, no fue un camino de rosas. Wilder y MacLaine, que se apreciaban mucho profesionalmente, tuvieron varios enfrentamientos. Ella estaba pasando por un momento personal complicado y él era un director exigente y obsesivo que repetía tomas hasta la extenuación. Aun así, MacLaine ha contado que, pese a las tensiones, Wilder la dirigió con una mezcla de dureza y ternura que le ayudó a crear uno de sus personajes más icónicos.

Jack Lemmon, por su parte, vivió el rodaje como un ejercicio de resistencia física. Su personaje, con sus disfraces, carreras y escenas de slapstick, le exigía un gran nivel de energía. Wilder lo sabía y lo explotaba sin piedad, convencido de que Lemmon era uno de los pocos actores capaces de mantener la dignidad incluso en el caos más absoluto.

También hay anécdotas deliciosas. Una de las más conocidas es que Wilder insistió en rodar en los estudios de la MGM en Culver City porque quería un París completamente artificial, controlado y casi de cuento. El resultado fue un barrio parisino gigantesco construido desde cero, con bares, mercados, farolas e incluso un canal. Era tan detallado que algunos técnicos bromeaban diciendo que se podía vivir allí. Ese decorado, por cierto, costó una fortuna y el estudio estuvo a punto de cancelar la película por su presupuesto desorbitado.

Otro detalle curioso es que Wilder quería que la película tuviera un colorido casi caricaturesco y, para ello, trabajó estrechamente con el director de fotografía, Joseph LaShelle. La paleta de verdes, rojos y amarillos no es casual, sino que está pensada para que Irma destaque siempre, como si fuera un personaje de cómic que ilumina cada plano.

Y luego está la música de André Previn, que ganó un Óscar. Paradójicamente, en una película que renuncia al musical, la banda sonora se convierte en un personaje más. Previn compuso un tema para Irma que Wilder adoraba y que utilizó como leitmotiv emocional, casi como si fuera la voz interior del personaje.

En conjunto, Irma la dulce es el resultado de un Wilder que se permite jugar, que se aleja de la acidez de sus obras maestras para entregarse a una fantasía cómica exuberante. Y, aunque la producción fue compleja, lo que queda en pantalla es esa sensación de ligereza y artificio que solo un director con absoluto control podía lograr. Una película que, vista desde dentro, es un pequeño milagro de disciplina, caos y puro oficio.

Escena de "Irma la dulce" (1963). Película recomendada. Blog de Rafael Ramírez.
Escena de «Irma la dulce» (1963). Película recomendada. Blog de Rafael Ramírez.

Ficha técnica de la película.

  • Título original: Irma La Douce
  • Año: 1963
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: Billy Wilder
  • Guion: Billy Wilder y I.A.L. Diamond, basado en la obra teatral francesa de Alexandre Breffort
  • Producción: Billy Wilder y Edward Muhl
  • Música: André Previn (ganador del Óscar por esta banda sonora)
  • Fotografía: Joseph LaShelle (Eastmancolor)
  • Montaje: Daniel Mandell
  • Diseño de producción / Dirección artística: Alexandre Trauner
  • Vestuario: Orry-Kelly
  • Estudio: Mirisch Corporation / United Artists
  • Duración: Aproximadamente 147 minutos
  • Género: Comedia romántica, farsa, comedia de enredo

Reparto principal

  • Shirley MacLaine — Irma
  • Jack Lemmon — Nestor Patou / “Lord X”
  • Lou Jacobi — Moustache
  • Bruce Yarnell — Hippolyte
  • Herschel Bernardi — Capitán Lefevre

Tráiler de “Irma la dulce” (inglés).

Sin duda te recomiendo ver esta película porque es una de esas comedias que destilan encanto artesanal, en las que Wilder demuestra que incluso la ligereza puede tener clase. Porque Lemmon y MacLaine están en un estado de gracia que ya no se ve en el cine actual. Y porque su París inventado, lleno de color y picardía, es un lugar al que siempre apetece volver.

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