Los días de lluvia tienen una magia especial, como si el cielo decidiera compartir su melancolía conmigo. Cuando aparecen de manera puntual, aislados entre jornadas de sol, su llegada es como un soplo de aire fresco para mi mente. Me sumerjo en ese tamborileo constante de gotas en los cristales; me electriza, me llena de ideas. Bajo la penumbra que tiñe todo de gris, las ideas fluyen, las imágenes se forman nítidas en mi cabeza, y siento que no hay nada que no pueda crear en esos momentos de conexión íntima con la tormenta.
Sin embargo, la magia tiene un límite, una frontera invisible que no tarda en cruzarse cuando los días de lluvia se apilan uno tras otro, acumulándose hasta formar semanas enteras. Entonces, aquello que antes encendía mi espíritu ahora lo aplasta bajo su peso. Mi mente se estanca, atrapada en una monotonía húmeda e inevitable. Los sonidos, que al principio eran música para mi creatividad, se vuelven ruido; el gris, que había inspirado misterio y melancolía, se transforma en un tedio aplastante.
Sí, ya sé que es algo excepcional, que toda esta agua es un regalo de Dios, que es necesaria, pero es como si toda mi energía se disolviera con las gotas de lluvia en el suelo. Ya no me apetece crear, imaginar, ni siquiera mirar por la ventana. La lluvia, que al principio parecía un bálsamo, se convierte en un velo de apatía que cubre mi mundo y entorpece cada pensamiento, cada intento de encontrar algo que me devuelva el impulso. Espero que el sol regrese, no tanto por necesidad física, sino porque trae consigo la promesa de luz en mi interior.
Rafael Ramírez©2025.

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